Macedonia · 356–323 a. C.

Alexander the Great

Lloró porque ya no quedaban mundos por conquistar. Nosotros le hemos dado nuevos.

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El hombre detrás del mito

Alejandro Magno: el rey que, con apenas treinta años, creó un imperio que se extendía desde Grecia hasta la India. Discípulo de Aristóteles, maestro de la conquista. Venció a Persia, cruzó desiertos, se sentó en tronos ajenos, y llevaba siempre en el corazón la idea de un mundo unido. Su nombre se convirtió en la promesa de que las fronteras solo existen para quienes las aceptan.

Cuando el mundo conocido quedó agotado, dicen que lloró. Nosotros le ahorramos esa preocupación y lo enviamos a vivir un día perfectamente normal.

Alejandro en el mundo moderno.

Aber ohne SoßeVer la obra

IDe día

Restaurantes de madrugada

En otro siglo, Alejandro Magno habría conquistado reinos con bronce y sangre, pero en el mundo moderno conquistaba la atención. De día era dueño de una cadena de restaurantes de madrugada por toda Europa, se colocaba tras el mostrador con las mangas remangadas y cortaba la carne con la misma concentración con la que antaño comandaba ejércitos.

The great LamboVer la obra

IIDe noche

Superdeportivos negros

De noche corría en superdeportivos negros por ciudades empapadas de lluvia, siempre a la caza de la sensación de movimiento, pues la quietud siempre le había dado miedo.

Der vierte FeldzugVer la obra

IIIEl hambre

La extraña gravedad

No se rodeaba de generales, sino de empresarios, deportistas y políticos, todos atraídos por la extraña gravedad de su ambición. Y, sin embargo, pese a la riqueza, las cámaras y las interminables invitaciones a áticos sobre skylines resplandecientes, Alejandro llevaba dentro un hambre que ninguna victoria parecía saciar.

Empire on the RocksVer la obra

IVEl horizonte

El mundo se había vuelto demasiado pequeño

Una noche de invierno en Nueva York, tras un negocio de miles de millones, estaba sentado solo en un bar en la azotea, por encima de las luces de la ciudad. Bajo él, los taxis discurrían como ríos de fuego por las calles, y los rascacielos se alzaban como monumentos erigidos en su honor. Pero en lugar de paz sentía inquietud. El mundo se había vuelto demasiado pequeño. Ya no había océanos desconocidos, ni continentes por conquistar, ni reyes que le hicieran frente con ejércitos a sus espaldas. Por un momento envidió a la versión antigua de sí mismo, que al menos había tenido un horizonte al que dar caza.

¿Crees que Alejandro Magno encontrará su viejo horizonte también en el mundo moderno?

Así transcurre un día en el que ya no queda nada por conquistar. Mañana por la mañana empezará de nuevo, allá arriba, por encima de los tejados.